Se canta lo que se pierde. "Un réquiem alemán" de J. Brahms
Programa de mano para la representación en el Auditorio y palacio de congresos "Víctor Villegas" de Murcia en noviembre de 2024.
- Puedes consultar el documento original aquí.
¿Un réquiem se escribe para los muertos, o para la consolación de los vivos? Es probablemente la pregunta inicial a la que nos enfrenta la obra de esta noche. En la selección de pasajes bíblicos realizada por Johannes Brahms para Un réquiem alemán encontraremos, al menos, la respuesta del propio compositor.
Podríamos entender el título de "alemán" como "luterano". Frente a los textos derivados del juicio final que trufan la misa de difuntos católica, los textos aquí cantados comienzan con la compasión de los que quedamos -"bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación"-, y transcurre con la esperanza de la venida de días mejores -"tened paciencia" (como el campesino espera la lluvia)- hasta la fe en un más allá y el aliento de los que están vivos y entregados a su Dios -"bienaventurados los que habitan tus moradas"-. Así, imbuido del carácter misericordioso con el que el protestantismo enfrenta la muerte, no será sino hasta el último coro donde finalmente los muertos son interpelados -"bienaventurados los que mueren en el señor (...) descansarán de sus trabajos". Si la respuesta a nuestra pregunta inicial aún no fuese obvia, quizá aclare la descripción del propio Brahms: un réquiem humano.
Como vemos, lo que el autor musicaliza en la mayoría de números será el dolor de los vivos, la búsqueda de su alivio y el encuentro de la esperanza, más que el homenaje a los ausentes y el recordatorio del final de los días. De nuevo la idea de utilizar la música como un vehículo de sanación o herramienta medicinal. De nuevo, porque es una idea que podemos trazar hasta Aristóteles y más allá. En el libro VIII de La Política explica cómo, a través de la katharsis que vivimos al entregarnos a la música (y qué forma más primigenia de catarsis que la de cantar en grupo), purgamos nuestra alma turbada o herida.
¿Y qué herida enfrentaba el autor de Un réquiem alemán? Comenzado en 1857 tras la muerte del admirado Robert Schumann, Brahms precipita la conclusión de la obra en 1868 tras la de su madre, a quien será finalmente dedicada. En una composición donde la relación figurativa entre música y texto es habitual, se torna inevitable sentir el simbolismo del texto cantado -"Os consolaré, como una madre consuela a su hijo"- en el número en el que precisamente aparece la soprano solista. Se canta lo que se pierde.
Un uso exiguo de los solistas en esta obra, frente a los exuberantes réquiems casi en forma de oratorios del s. XIX (e.g. Berlioz, Verdi o Bruckner). De su uso tangencial, deducimos que Brahms no busca el consuelo en la expresividad del virtuosismo solista, sino en la retórica de la escritura coral. Precisamente la reducción orquestal utilizada esta noche (versión de Joachim Linckelmann) parece acercarse aún mejor al recogimiento que preferimos al afrontar el recuerdo de nuestros fallecidos, y permite sobresalir al principal protagonista de la obra: el coro y su mensaje contrapuntístico. En ese ámbito van a destacar las fugas de la obra, un tipo de composición musical compleja donde las voces se persiguen unas a otras y que han sido utilizadas en el mundo sinfónico como expresión de lo inefable y eterno. Baste recordar la utilizada en el final de la Sinfonía no. 9 de L. van Beethoven.
Qué mejor que purgar el alma y propiciar nuestro consuelo con la música, y en especial la cantada. Ya salen los músicos y el director levantará pronto los brazos. Sobre el más allá no puedo decirles, pero para lo que en breve acontece tengan presente: se canta lo que se pierde.